http://victorsuarez.blogspot.com/A la hora de cumplir lo que ordenan las urnas soy partidario de no poner trabas. De ellas, las trabas, sufrimos en democracia nutrida secuela, como la cínica moralina americana aplicada para despojar de la presidencia a ese aficionado al sexo oral que resultó Bill Clinton (Levantó tanta polvareda la felación de la Lewinsky al presidente como los genocidios perpetrados por EE.UU. en Irán, Irak, Vietnam o Hiroshima)
Más próximas, geográficamente, las urnas mandan que nos gobierne, y maneje el dinero público (el dinero proveniente de los impuestos), un corrupto defraudador de hacienda, quien presuntamente utiliza su cargo para enriquecerse. Ninguna objeción hasta que los jueces digan... Si dicen. Mi tesis es que nadie será deslegitimado por saciar, sin imposición, sus apetencias sexuales, y que únicamente la justicia puede inhabilitar al corrupto aún cuando la voluntad popular le otorgue su beneplácito
Supongamos no obstante, solo supongamos, salvo dictamen de la tozuda realidad, que alguien logra manipular un censo mediante el empadronamiento fraudulento de individuos (fraudulento porque lo motiva el deseo exclusivo de lograr que las urnas digan algo distinto a lo que mayoritariamente dicen los vecinos) Que los tramposos promueven asimismo el empadronamiento de todos los discapacitados del geriátrico con idéntico fin de lograr un puñado más de votos. Y que con estos subterfugios el partido de los tramposos y de sus encubridores arranquen una mayoría al añadir dos concejales, logrados con trampas (robados a sus competidores), a los democráticamente elegidos
La pregunta es obvia cuando las urnas dicen lo contrario a lo expresado por los vecinos: ¿Están legitimados los tramposos, y quienes los encubren, para gobernar?
